Maldición de terciopelo - cuento corto
Basado en hechos reales.
El paciente Juan García, de 64 años, llevaba ya varios días en la cama 2 de la unidad de cuidados intensivos (UCIA) del hospital. Había ingresado al piso de medicina interna por una neumonía moderada, pero un día después, presentó falla respiratoria grave y tuvo que ser enviado a nuestra unidad.
Yo no era la enfermera a cargo del señor García, pero de vez en cuando, mi compañera Adriana me dejaba encargada de él cuando tenía que salir del área. Diariamente, Juan era visitado por su esposa Claudia, cuyos ojos se llenaban de lágrimas cada vez que entraba al cubículo y lo veía completamente sedado, intubado e incapaz de mantener una conversación con ella.
La señora Claudia le pedía desesperada a los médicos que hicieran todo lo posible para salvar a su esposo pero éstos no le daban un buen pronóstico; varios órganos de Juan empezaban a fallar y los antibióticos no parecían tener los efectos esperados.
Para el cuarto día, Juan García empezó a mostrar mejoría. Como ya habían salido los resultados del cultivo que se le tomó al ingreso, los médicos encontraron los antibióticos específicos para atacar su enfermedad. Por primera vez, valoraban la posibilidad de quitarle el tubo que lo ayudaba a respirar.
El día lunes, la señora Claudia llegó muy temprano para recibir informes sobre el estado de Juan. Los médicos le informaron que su esposo estaba mejorando y que si seguía así, valorarían si era posible extubarlo al día siguiente. Una vez más, vi como se llenaban sus ojos de lágrimas; pero esta vez tenían un brillo diferente, como de alegría y esperanza.
Ese mismo día, como a eso de las 2 de la tarde, Adriana se había ido a comer y me dejó a cargo de Juan. Alberto, el guardia del piso, me comentó que había una visita para el cubículo 2, él estaba tomando los datos y en breve la dejaría pasar. Hasta dónde yo sabía, Juan no había recibido visitas de nadie más que de su esposa. Claudia tenía un trabajo de tiempo completo por lo que acudía a visitarlo por la mañana, llegaba muy temprano y se quedaba poco tiempo. Por eso, me desconcertó el anuncio de la visita y observé con detenimiento lo que sucedió después.
Al cubículo entró una mujer como de unos 50 y tantos, alta, delgada, de cabello castaño y ojos almendrados. No se parecía para nada a Juan, quien era más bien bajito y regordete. La mujer, quien se hacía llamar Marcela Vela, entró al cubículo y miró fijamente a Juan por varios minutos. Su mirada no era melancólica como la de Claudia, si no más bien reflexiva y analítica, como si estuviera estudiando la escena. Luego, se acercó a su oído y le susurró algo que no alcancé a escuchar. Por último, antes de salir del área, le envió un beso de lejos y se despidió con un “adiós, mi amor”, que se sintió agresivo y amenazante. Después de que partió, el aposento de Juan se llenó de un olor amargo y rancio, difícil de describir. Tuve que limpiarlo y aromatizarlo de nuevo para disminuir el hedor.
Cuando Adriana volvió de comer, de inmediato le conté lo sucedido y ambas especulamos sobre la misteriosa mujer y su relación con nuestro paciente. Llegamos a la conclusión de que Marcela era una amante despechada.
Nunca pude conversar con Juan, ya que desde que llegó a nuestro piso se encontraba sedado. Pero a pesar de eso, con el paso de los días, llegué a sentir que lo conocía y hasta lo apreciaba. Por eso, a la mañana siguiente, cuando me dieron la noticia de que había caído en paro y estaba luchando por su vida, sentí como si mi corazón bajara desde mi tórax hasta mi abdomen.
Solo podía imaginar el dolor que sentiría la señora Claudia, quien llegaría en breve en espera de buenas noticias. Ella arribó a las 7 de la mañana, justo a tiempo para despedirse. Juan dio su último aliento a las 7:30am de ese martes. Los sollozos de su esposa se escuchaban por todo el piso, “¿Por qué, por qué?” gritaba. Esa mañana, en la UCIA se percibía un ambiente sombrío e inquietante.
Por la tarde, cuando la papelería estuvo lista y ya se habían llevado el cuerpo, Adriana y yo acudimos a limpiar el cubículo. Era el protocolo desinfectar completamente el área y mandar a limpiar el colchón después de que un paciente dejaba una cama. Primero quitamos las almohadas, la cobija y las sábanas, luego entre las dos levantamos el colchón de la base y lo pusimos en el suelo. Así fue cómo hallamos un pequeño morralito de tela aterciopelada roja, de unos 3 centímetros, sobre la base de la camilla.
Tomé el morralito entre mis manos y se lo mostré a Adriana. Pensamos que quizá Juan lo había traído consigo todo este tiempo. Aunque no permitíamos objetos externos en la sala, a veces los pacientes escondían pertencias de valor y las guardaban consigo. Creímos que podía ser el caso, así que lo guardé en la bolsa de mi uniforme y seguimos con la limpieza.
Cuando terminamos, decidí mostrarles el singular morralito a mis demás compañeras, ya que su aspecto era bastante peculiar. Susana, otra enfermera, sugirió abrirlo ya que ella había tenido pacientes que introducían y escondían drogas y si ese fuera el caso, debíamos reportarlo en el expediente. En realidad, el aspecto del objeto había despertado nuestra curiosidad, así que mis compañeras observaron con atención cuando lo abrí y saqué una fotografía en blanco y negro del pequeño morral.
En la foto, que se veía bastante vieja y desgastada, se podía apreciar lo que pensamos era el rostro de Juan, pero se veía mucho más joven que como lo conocimos. Además, estaba llena de un material pegajozo, que parecía miel. Yo lo miré confundida y un poco asqueada por la sensación desagradable del material viscoso en mis manos.
Mi compañera Yolanda, por lo general era una persona silenciosa, pero su voz resonó en toda la unidad cuando dijo “DEJA ESO, GABRIELA”. Todas volteamos a verla desconcertadas. Me habían transferido hace apenas un mes a la UCIA, pero ya había escuchado el rumor de que Yolanda era una persona de cuidado.
Aunque era reservada y cordial, “Yoli”, como le decíamos de cariño, tenía una mirada intensa y rígida. Ella era bastante alta, le calculo unos 1.80 metros de altura, aunque no era particularmente gorda, tenía una complexión gruesa y robusta, por lo que su aspecto era algo intimidante. Otras enfermeras me habían contado que Yolanda practicaba brujería y que ella y su familia hacían limpias y otros hechizos. Así que cuando tuve un pequeño desacuerdo con ella durante mi primera semana en la UCIA, me sugirieron buscar arreglarlo pacíficamente.
“Hay que quemar el morral” dijo Yolanda. Seguíamos mirándola con desconcierto. “Juan no murió por causas naturales”, continuó, “El aura de la señora Vela era negra como la noche y cuando se fue... ese olor…; ese saquillo está impregnado de magia negra y debemos quemarlo”.
Sentí como todo mi cuerpo se inundo de una sensación de terror y desasosiego. Todas las demás enfermeras miraban el morralito, aún en mi mano, con expresiones de inquietud y sorpresa. Yo no soy una persona supersticiosa, pero todo lo que pasó esa semana era difícil de explicar. Me pareció extraño el hecho de que Juan murió de forma inesperada apesar de su reciente mejoría. Pero lo que más me inquietaba, era la sensación intensa y tenebrosa que perduró después de la visita de Marcela y posteriormente, del misterioso hallazgo del saquillo rojo.
Decidí atender la recomendación de Yolanda y pedir permiso a la dirección del hospital para quemar el objeto en el estacionamiento del hospital. Al doctor Diego Sepúlveda, el director del hospital, le pareció una petición extraña pero finalmente accedió.
Había guardado el morralito en una bolsa de plástico que puse dentro del almacén de utilería. Cuando acabó el turno, Yolanda, Adriana, mis otras compañeras y yo, nos reunimos en el estacionamiento para destruir el objeto. Yolanda nos pidió concentrarnos en cosas positivas e intentar vencer el miedo mientras rociaba aceite sobre la pieza maldita. Le prendió fuego en el suelo y cuando estaba completamente en llamas, le vertí una cubeta con agua y entre todas la pisoteamos. Yoli recogió los restos y los puso en una bolsita, dijo que se los llevaría para deshacerse de ellos.
Hasta ahora, no he vuelto a sentir un miedo tan intenso como el que padecí en esos días. Decidí escribir la historia porque, aunque ya ha pasado más de un año, me es difícil entender lo que sucedió. Todavía recuerdo a Juan García y de vez en cuando, sueño con el fétido olor que despedía su cubículo tras la visita de Marcela Vela.
El paciente Juan García, de 64 años, llevaba ya varios días en la cama 2 de la unidad de cuidados intensivos (UCIA) del hospital. Había ingresado al piso de medicina interna por una neumonía moderada, pero un día después, presentó falla respiratoria grave y tuvo que ser enviado a nuestra unidad.
Yo no era la enfermera a cargo del señor García, pero de vez en cuando, mi compañera Adriana me dejaba encargada de él cuando tenía que salir del área. Diariamente, Juan era visitado por su esposa Claudia, cuyos ojos se llenaban de lágrimas cada vez que entraba al cubículo y lo veía completamente sedado, intubado e incapaz de mantener una conversación con ella.
La señora Claudia le pedía desesperada a los médicos que hicieran todo lo posible para salvar a su esposo pero éstos no le daban un buen pronóstico; varios órganos de Juan empezaban a fallar y los antibióticos no parecían tener los efectos esperados.
Para el cuarto día, Juan García empezó a mostrar mejoría. Como ya habían salido los resultados del cultivo que se le tomó al ingreso, los médicos encontraron los antibióticos específicos para atacar su enfermedad. Por primera vez, valoraban la posibilidad de quitarle el tubo que lo ayudaba a respirar.
El día lunes, la señora Claudia llegó muy temprano para recibir informes sobre el estado de Juan. Los médicos le informaron que su esposo estaba mejorando y que si seguía así, valorarían si era posible extubarlo al día siguiente. Una vez más, vi como se llenaban sus ojos de lágrimas; pero esta vez tenían un brillo diferente, como de alegría y esperanza.
Ese mismo día, como a eso de las 2 de la tarde, Adriana se había ido a comer y me dejó a cargo de Juan. Alberto, el guardia del piso, me comentó que había una visita para el cubículo 2, él estaba tomando los datos y en breve la dejaría pasar. Hasta dónde yo sabía, Juan no había recibido visitas de nadie más que de su esposa. Claudia tenía un trabajo de tiempo completo por lo que acudía a visitarlo por la mañana, llegaba muy temprano y se quedaba poco tiempo. Por eso, me desconcertó el anuncio de la visita y observé con detenimiento lo que sucedió después.
Al cubículo entró una mujer como de unos 50 y tantos, alta, delgada, de cabello castaño y ojos almendrados. No se parecía para nada a Juan, quien era más bien bajito y regordete. La mujer, quien se hacía llamar Marcela Vela, entró al cubículo y miró fijamente a Juan por varios minutos. Su mirada no era melancólica como la de Claudia, si no más bien reflexiva y analítica, como si estuviera estudiando la escena. Luego, se acercó a su oído y le susurró algo que no alcancé a escuchar. Por último, antes de salir del área, le envió un beso de lejos y se despidió con un “adiós, mi amor”, que se sintió agresivo y amenazante. Después de que partió, el aposento de Juan se llenó de un olor amargo y rancio, difícil de describir. Tuve que limpiarlo y aromatizarlo de nuevo para disminuir el hedor.
Cuando Adriana volvió de comer, de inmediato le conté lo sucedido y ambas especulamos sobre la misteriosa mujer y su relación con nuestro paciente. Llegamos a la conclusión de que Marcela era una amante despechada.
Nunca pude conversar con Juan, ya que desde que llegó a nuestro piso se encontraba sedado. Pero a pesar de eso, con el paso de los días, llegué a sentir que lo conocía y hasta lo apreciaba. Por eso, a la mañana siguiente, cuando me dieron la noticia de que había caído en paro y estaba luchando por su vida, sentí como si mi corazón bajara desde mi tórax hasta mi abdomen.
Solo podía imaginar el dolor que sentiría la señora Claudia, quien llegaría en breve en espera de buenas noticias. Ella arribó a las 7 de la mañana, justo a tiempo para despedirse. Juan dio su último aliento a las 7:30am de ese martes. Los sollozos de su esposa se escuchaban por todo el piso, “¿Por qué, por qué?” gritaba. Esa mañana, en la UCIA se percibía un ambiente sombrío e inquietante.
Por la tarde, cuando la papelería estuvo lista y ya se habían llevado el cuerpo, Adriana y yo acudimos a limpiar el cubículo. Era el protocolo desinfectar completamente el área y mandar a limpiar el colchón después de que un paciente dejaba una cama. Primero quitamos las almohadas, la cobija y las sábanas, luego entre las dos levantamos el colchón de la base y lo pusimos en el suelo. Así fue cómo hallamos un pequeño morralito de tela aterciopelada roja, de unos 3 centímetros, sobre la base de la camilla.
Tomé el morralito entre mis manos y se lo mostré a Adriana. Pensamos que quizá Juan lo había traído consigo todo este tiempo. Aunque no permitíamos objetos externos en la sala, a veces los pacientes escondían pertencias de valor y las guardaban consigo. Creímos que podía ser el caso, así que lo guardé en la bolsa de mi uniforme y seguimos con la limpieza.
Cuando terminamos, decidí mostrarles el singular morralito a mis demás compañeras, ya que su aspecto era bastante peculiar. Susana, otra enfermera, sugirió abrirlo ya que ella había tenido pacientes que introducían y escondían drogas y si ese fuera el caso, debíamos reportarlo en el expediente. En realidad, el aspecto del objeto había despertado nuestra curiosidad, así que mis compañeras observaron con atención cuando lo abrí y saqué una fotografía en blanco y negro del pequeño morral.
En la foto, que se veía bastante vieja y desgastada, se podía apreciar lo que pensamos era el rostro de Juan, pero se veía mucho más joven que como lo conocimos. Además, estaba llena de un material pegajozo, que parecía miel. Yo lo miré confundida y un poco asqueada por la sensación desagradable del material viscoso en mis manos.
Mi compañera Yolanda, por lo general era una persona silenciosa, pero su voz resonó en toda la unidad cuando dijo “DEJA ESO, GABRIELA”. Todas volteamos a verla desconcertadas. Me habían transferido hace apenas un mes a la UCIA, pero ya había escuchado el rumor de que Yolanda era una persona de cuidado.
Aunque era reservada y cordial, “Yoli”, como le decíamos de cariño, tenía una mirada intensa y rígida. Ella era bastante alta, le calculo unos 1.80 metros de altura, aunque no era particularmente gorda, tenía una complexión gruesa y robusta, por lo que su aspecto era algo intimidante. Otras enfermeras me habían contado que Yolanda practicaba brujería y que ella y su familia hacían limpias y otros hechizos. Así que cuando tuve un pequeño desacuerdo con ella durante mi primera semana en la UCIA, me sugirieron buscar arreglarlo pacíficamente.
“Hay que quemar el morral” dijo Yolanda. Seguíamos mirándola con desconcierto. “Juan no murió por causas naturales”, continuó, “El aura de la señora Vela era negra como la noche y cuando se fue... ese olor…; ese saquillo está impregnado de magia negra y debemos quemarlo”.
Sentí como todo mi cuerpo se inundo de una sensación de terror y desasosiego. Todas las demás enfermeras miraban el morralito, aún en mi mano, con expresiones de inquietud y sorpresa. Yo no soy una persona supersticiosa, pero todo lo que pasó esa semana era difícil de explicar. Me pareció extraño el hecho de que Juan murió de forma inesperada apesar de su reciente mejoría. Pero lo que más me inquietaba, era la sensación intensa y tenebrosa que perduró después de la visita de Marcela y posteriormente, del misterioso hallazgo del saquillo rojo.
Decidí atender la recomendación de Yolanda y pedir permiso a la dirección del hospital para quemar el objeto en el estacionamiento del hospital. Al doctor Diego Sepúlveda, el director del hospital, le pareció una petición extraña pero finalmente accedió.
Había guardado el morralito en una bolsa de plástico que puse dentro del almacén de utilería. Cuando acabó el turno, Yolanda, Adriana, mis otras compañeras y yo, nos reunimos en el estacionamiento para destruir el objeto. Yolanda nos pidió concentrarnos en cosas positivas e intentar vencer el miedo mientras rociaba aceite sobre la pieza maldita. Le prendió fuego en el suelo y cuando estaba completamente en llamas, le vertí una cubeta con agua y entre todas la pisoteamos. Yoli recogió los restos y los puso en una bolsita, dijo que se los llevaría para deshacerse de ellos.
Hasta ahora, no he vuelto a sentir un miedo tan intenso como el que padecí en esos días. Decidí escribir la historia porque, aunque ya ha pasado más de un año, me es difícil entender lo que sucedió. Todavía recuerdo a Juan García y de vez en cuando, sueño con el fétido olor que despedía su cubículo tras la visita de Marcela Vela.


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