Cómplices



Era 2003, una tarde de un domingo cualquiera, en la que como era costumbre, nos dirigíamos hacia un restaurante para comer en familia. Mi mamá, mi papá, mis dos hermanas y yo íbamos riendo y platicando en la camioneta; mi padre iba al volante.

De repente, el automóvil de un oficial de tránsito que iba a atrás de nosotros, le indicó a mi papá que se detuviera. Mi mamá parecía desconcertada y asustada, pues no habíamos hecho nada malo “ay Dios, ¿por qué nos para?” exclamó asustada. A mis 8 años de edad, me parecía extraño que mi mamá reaccionara con miedo ante la acción de un polícia. 

Nos orillamos y mi papá bajó la ventana de la camioneta. El oficial pidió su licencia y tarjeta de circulación

– ¿Hay algún problema? - preguntó mi papá. 
– Lo que pasa es que se pasó un semáforo en rojo señor y tengo que ponerle una multa– respondió el oficial de tránsito. 
Mi mamá tenía una expresión de indignación; mis hermanas y yo solo veíamos la situación confundidas, pues todas éramos testigos de que mi papá no había cometido tal falta. 
– No me pasé ningún rojo oficial, pero si usted dice, pues haga lo que tenga que hacer 
– Así es caballero, yo lo vi, por eso lo detuve, pero no se preocupe que lo puedo apoyar
–¿Apoyar cómo? – Mi padre lo miró con desdén y desconcierto
– Pues sí, señor no hay necesidad de una multa si entre nosotros nos podemos arreglar. La multa es bastante cara – 

En ese momento vi como mi madre volteó los ojos e hizo una expresión de disgusto.

– ¿Sabe qué? Yo no hice lo que usted dice pero póngame la multa si es lo que tiene que hacer 
El oficial lo observó con decepción.
 – Sí mire, lo dejaré ir con una advertencia, maneje con cuidado –

Seguimos nuestro camino y la conversación giraba en torno a lo sucedido, Mis padres se expresaban con indignación y molestia. Me parece que ese día mis padres me dieron una explicación sobre la corrupción y las “mordidas” la cual recuerdo muy vagamente. 

Recuerdo haber experimentado pensamientos y sentimientos confusos frente a la situación. Era mi primera experiencia real con la corrupción y sentí como si se rompiera una burbuja. Hasta ese entonces, yo tenía la idea de que las autoridades existían para protegernos y confiaba en ellas plenamente. Al darme cuenta de que podían abusar de su poder para obtener ventaja, sentí miedo e inseguridad. Sin embargo, se me quedó grabada la reacción de mi padre frente a la situación: él prefería pagar una multa injustificada antes que comprometer su integridad.


Muchos años después, mi papá me acompañó a realizar mi examen para obtener mi licencia para conducir. En la parte teórica no tuve ningún problema, estudié el manual y saqué un 100. No puedo decir lo mismo del examen práctico, puesto que consistía en dar una vuelta al estacionamiento y estacionarse en paralelo. Como nunca he contado con mucha pericia para estacionarme de esa forma, fallé en mi primer intento. 

La oficial de tránsito que me aplicó el examen, me pidió que llamara a mi papá para que nos acompañara en el auto. Ya con los tres en el carro, ella comenzó a decirme que había manejado bien pero que tuve algunas fallas y no podía aprobarme. Sin embargo, comentó que podía ayudarme tal como lo había hecho con las amigas de su hija. Al principio no entendía lo que quería decir, pero cuando mencionó que únicamente teníamos que pasar a la ventanilla 3 de la oficina de tránsito y pagar 500 pesos para recibir el “apoyo”, me quedó bastante claro que se trataba de una mordida.

Me transporté 10 años atrás y noté que se invirtieron los papeles, ahora yo iba en el volante y mi papá desde el asiento de atrás presenciaba cómo me ofrecían pagar una “mordida”. Mi padre me miró como yo lo miré en el pasado, quizá preguntándose ¿aceptará? ¿la he educado bien? Sin embargo, poco después nos miramos a los ojos y fue claro que ni mi papá ni yo aceptaríamos dicho trato. El ofrecimiento de la oficial se dio con tanta naturalidad, que me es lógico pensar que recibía varias mordidas con este método cada día, haciendo cómplices a padres e hijos en un acto de corrupción.

Todo esto me hizo preguntarme ¿Cuántas veces los padres, sin quererlo hacen a sus hijos testigos y cómplices de sus errores? y por el contrario ¿Cuántas veces, con su ejemplo, los impulsan a actuar según sus ideales? 

Qué bueno sería que los padres se sintieran seguros acerca de las decisiones que tomarán sus hijos porque confían en la educación que han brindado, pero sobre todo, porque tienen la convicción de que han dado un buen ejemplo. 

Como hija, me di cuenta del inmenso valor del ejemplo de mis padres y me hizo sentirme con la responsabilidad de continuar siendo cómplice de su misión de criar hijos que contribuyan al bien y no al mal, que sumen y que no resten. 

¡Gracias cómplices!


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